Enseñar a enseñar

Juan Antonio Rodríguez Tous, asociado de Piensa-Volens, vuelve a practicar su sutil análisis de la educación andaluza en esta nueva entrega de nonadas, publicado en El Mundo del lunes 21 de febrero.

FRANCISCO Álvarez de la Chica, consejero de Educación, quiere que se premie con cargos directivos -y sus complementos económicos correspondientes- a aquellos profesores que acrediten un «alto rendimiento» docente, esto es, un alto número de aprobados. Así podrían «enseñar a enseñar» a sus colegas, la mayoría minusválidos en materia de fracaso escolar. El consejero quiere evitar que muchos alumnos abandonen sus estudios antes de obtener titulación alguna. Deduce el consejero que el fracaso escolar no es consecuencia del sistema educativo vigente, sino de los funcionarios encargados de llevar a la práctica sus principios; los profesores andaluces enseñan lo que enseñan sin saber cómo enseñar lo que enseñan. Por eso hay que reeducarlos. Para que aprendan a enseñar, es decir, a obedecer.

El consejero no debería complicarse tanto la vida. Si el problema de la administración es el fracaso escolar, bastaría con decretar el aprobado general en todas las asignaturas, sin excepción. De hecho, en el primer ciclo de la ESO ya ocurre algo parecido: es posible pasar de curso en estado de absoluta virginidad académica, esto es, sin saber hacer la 'o' con un canuto. La cosa se complica mucho en tercero y cuarto, cursos donde, nolens volens, aumenta el nivel de exigencia. No mucho, la verdad, pero sí lo suficiente para que muchos alumnos se convenzan de que lo suyo no es el estudio; al cumplir los dieciséis años, huyen de la letra impresa como de la peste. Aprobados todos por decreto no serían menos ignorantes, pero cuadrarían las estadísticas.

Los profesores, por supuesto, intentan evitar estas deserciones. Salvo la hipnosis colectiva, lo han probado todo: clases magistrales, socráticas, multimediáticas o internáuticas. Todos sin excepción predican en clase las bondades de la perseverancia, de la disciplina intelectual, de la responsabilidad personal. Pero se enfrentan cada día a los disidentes del sistema, los alumnos «disruptivos» o gamberros. La casuística gamberril es infinita: retan al profesor, provocan a sus compañeros lanzándoles objetos diversos, vociferan, gruñen, hacen sonar sus móviles, eructan o engullen ostensiblemente en el aula el bocadillo del recreo. Muchos gozan de las ventajas pecuniarias de las becas que concede la Junta, sobre todo de aquellas pensadas para combatir el absentismo. El alumno cobra si no falta a clase, aunque su permanencia en el aula sea vegetaloide o infecciosa. Los problemas provocados por este tipo de alumnos han convertido a los docentes, muy a su pesar, en profesionales esquizofrénicos: ora son profesores, ora policías; ora enseñan, ora reprimen o amenazan. Pero estos problemas tienen una solución estupenda: los profesores deben aprender a enseñar para enseñar a aprender. El barco se hunde, pero la orquesta sigue tocando cacofónicos valses en cubierta.

 



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