Cuando conocimos que los sindicatos de la “mesa sectorial” en Madrid (CCOO, ANPE, CSIF, STEs y UGT) convocaban huelga en la enseñanza para el día 22 de mayo, hicimos justamente eso: debatir y votar.
No era cuestión sencilla. Había que elegir entre ponerse al lado de unos sindicatos que nos parecen parte del problema de la enseñanza pública o correr el riesgo de que nos acusen de ser blandos con un Gobierno que ha tomado unas medidas nefastas.
Leer más: PIENSA NO APOYA LA CONVOCATORIA DE HUELGA DEL DÍA 22 DE MAYO.
Los recortes educativos – ya saben: aumento de ratios, disminución de profesores et alii – acarrean un problema mucho más grave que el que se deriva de su inmediata aplicación. De hecho, los, así llamados, recortes ni siquiera constituirían un problema si antes se hubiera buscado un remedio para los verdaderos males de la enseñanza pública. No nos veríamos discutiendo estas fruslerías porcentuales, ni tendríamos que lamentar disminuciones de las tasas de reposición. Asumiríamos la coyuntura económica como una justificación plausible de los ajustes.
Los compañeros de CCOO en Málaga quieren saber. Es, sin duda, una aspiración noble, cuya vindicación se remonta a Horacio y que Immanuel Kant convierte en la divisa ilustrada de cuantos reúnen el valor necesario como para pensar por sí mismos. Sin embargo, el coraje de los sindicalistas malagueños apenas les alcanza para lanzar una pregunta y esconder la muy subvencionada mano:
¿Qué están haciendo los sindicatos ANPE, CSIF, APIA o PIENSA en defensa de la escuela pública?
Ni por un instante se nos ocurre sospechar que haya un sesgo retórico en la demanda, o que la pretensión última del interrogador sea la de maliciar una calumnia. No, estos tipos van de frente. Su petición es sincera y, ayunos como están de conocimiento, requieren de un alma caritativa que los restituya al mundo de las ideas. Por nosotros que no quede.
Parece ser que los tartufos de la docencia ya velan pancartas, silbatos y manifiestos, dispuestos como están a convocar una huelga general de la enseñanza para finales de mayo. Todo apunta a que cumplirán su propósito, pues la convicción es mucha y la indignación apocalíptica. Según un alto liberado de la cosa, el recorte de Wert es el “mayor atentado a la escuela pública”. Otro portavoz vaticina, lúgubre, un “retroceso gigantesco” en las condiciones del alumnado. El ministro, asegura, pasará a la Historia por esta infamia.
Tal parece que haya anunciado la demolición de todas las escuelas públicas, no sin antes haber regalado a cada alumno un ejemplar dedicado de la Enciclopedia Álvarez. Los cronómetros se ponen a cero para calcular el tiempo que le tomará al sociólogo dinamitar esos santuarios platónicos que son las escuelas públicas. El fin está cerca, gritan los arúspices sindicales. Aunque el signo escatológico no lo hayan entrevisto en las entrañas de una bestia o en el errático vuelo de una gaviota, sino en los Presupuestos Generales del Estado.
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